Una vez desestimada la noción totalizadora y homogeneizadora de la estructura, aparecen los fantasmas y las terribles apariciones de la indeterminación. Estamos más cerca, en ese momento, del arte que de la ciencia. Pero es muy duro vivir -o intentar vivir- sin pisar suelo firme. Es más duro comprender que jamás lo hubo.
Desestabilizada la verdad se desestabiliza el ser. Vemos entonces que el cordón dorado que nos erguía de pies a cabeza estaba hilado en fibra caduca. ¿Y si nos tornamos a dios? ¿Si nos tomamos de nuestros pavores y gritamos desencajados todos de las manos? El más horroroso de los hechos es que habrá que poner el cuerpo.
Detestamos a estos mensajeros de la fatalidad. Cuando nos apura el trabajo, el dinero y la pulsión de progreso y el exceso, el mensajero es detestable. Por su función e impronta, nos dan ganas de colgarlo de los pies y drenarle la sangre. Tendríamos entonces las mismas intensidades del horror y un provocador menos.
¿De qué sirve este ahínco, sino para volverse loco antes de los cuarenta años? Para comenzar a habilitar las contradicciones y, en algún momento, vivir. Los malestares eternos, los sufrimientos constantes, el flujo incesante de desesperaciones no se clausuran sobre la mentira fundamental de la verdad -revelada o no. Quizá, sirve para empezar a mirar al abismo.

Sí, volverse loco antes de los cuarenta años. No teníamos que vivir tanto. No teníamos que quedarnos a soportar los duros inviernos. Tal vez deberíamos seguir el pastar de las reses o el ciclo de los frutas. Todo parece demasiado eterno en esta sucesión de simulacros dinamizados en todas las superficies en las que opera nuestros espíritus en fragmentos.
Una vez desestimada la verdad, comienza la política. Y comienza la vida. Y la toma entera. Hay cosas que se van y vuelven distintas, casi como otra cosa. Y puede que nos encuentre, en algún giro, alguna vuelta. Habrá que poner el cuerpo. En las noches en vela del rencor, en el fierro helado de la espera, en la maraña del amor. Cuerpo, cuerpo, cuerpo. Este es el peso de ser animal, la carga de ser humano; aproximarse a la muerte sin tocarla.
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