ΙΗΣΟΥΣ ΝΑΖΩΡΑΙΟΣ ΒΑΣΙΛΕΥΣ ΤΩΝ ΙΟΥΔΑΙΩΝ

0. ¿A qué cielo irán a parar los seguidores del Cristo que conocieron la salvación por internet? ¿Al mismo de los mártires del desierto tórrido del Levante, florecido en carne de guerra y dolor? ¿Al mismo divino cielo, decorado entero con íconos paradisíacos, con el que soñaban los soldados recién convertidos en la Europa nauseabunda del medioevo?

1. Nada en el mundo se escapa de las preguntas fundamentales que respondía tan claramente la doxa religiosa, o todas las doxas religiosas jamás existentes. Desde las vagas deidades informes del cielo y la tierra hasta los terribles seres unívocos y omniscientes que plagaron de miedos a los primeros humanos civilizados. Miles de años de terrores para el hombre frágil; miles de años de la salvación eterna a cambio de aceptar al rey de reyes. ¿De qué reino, a estas alturas? ¿Para qué cuerpos, si es que acaso existe alguno?

2. La lectura de los pensadores más audaces, sacrílegos y esotéricos transmutan a la luz de una nueva forma, que es, como no, una llave que abre nuevos caudales. Leamos amorosamente el proyecto moral de Nietzsche; puro amor por la humanidad, para que viva en el vuelo, en la creatividad, en libertad. Leamos amorosamente el sacrílego e insolente Antiedipo de Deleuze y Guattari. Y a Deleuze. Y a Guattari. Y si, amorosamente, leemos cuanta duda y sospecha se haya escrito, a la luz de tal o cual período de fracasada revolución, de mano de tal o cuál miserable e impotente intelectual, ¿qué obtenemos? ¿Qué más, que cientos sino miles de cristos ensayando otra salvación? Estamos subsumidos en algo más profundo que el capitalismo, nuestra realidad la conforman algo más fundamental que el átomo y sus partículas y sus comportamientos universalmente estables (o no): la fibra del mito cristiano i.e. juedo-cristiano i.e. protestante i.e. anglo-protestante.

3. Esta suposición trae consigo la ruina total, sin matiz ni esperanza. Probablemente sea equivocado pensar que la multiplicidad infinita de abismos que conforman la realidad sea totalizable en máximas sin referencia ni mayor argumento. Pero la intuición es la interesante; la dolorosa constatación de aquella sospecha que tanto gusta al alma cansada: ya no hay nada que hacer. Parecido es el diagnóstico de aquella indeterminable corriente, quizá más estética que crítica, llamada Aceleracionismo, que de solo nombrarla debería generar pudor y repelús. Decían los desaparecidos aceleracionistas que todo cuanto es en el capitalismo, está siendo como vector que lo supera. Axiomáticamente, el capitalismo, como una bestia mediterránea, alcanza ese vector y lo decodifica y lo reterritorializa.

4. La infeliz conclusión de la vida de Cristo concuerda con la noción hebrea del sufrimiento como textura fundamental del entramado de la vida humana. El valle de lágrimas, la tierra del dolor, las cruces, las pasiones, los latigazos; todo factual y físico o figurado y sombrío. Nos recuerda, como no, al padecimiento personal. A la urgencia casi visceral por escapar del dolor y la consiguiente veneración a quién lo elige de manera sacrificial. Nos trae al pathos que configura el lenguaje puesto en común, es decir, a la civilización.

5. El cristianismo triunfa, al menos en lo fundamental de su lógica, porque Cristo era humano. Que guiaba, que temía, que golpeaba, que amaba, que siendo niño aprendió de su muerte y su martirio. Y porque, dicen, nos ama a todos los perdidos, deformes, horribles, terribles, crueles, confundidos, malamados, malnacidos, grotescos, sórdidos traicioneros, repulsivos, egoístas, avariciosos, celosos, imbéciles. ¡Qué hermosa visión aquella! La del abrazo amoroso a pesar de los infinitos yerros personales. Y gana, como no, por el poder absoluto de sus instituciones vicarias; de sus órganos o máquinas o dispositivos. ¿No es acaso parecido al tibio abrazo del trabajo, el consumo, el intercambio, la propiedad, la ganancia? ¿No es la institución vicaria del Cristo benevolente igual de sórdida que las del capitalismo? Cristo es deseo; produce. Como hombre, produce divinidad, la cual es alcanzada por la humanidad. Los mecanismos son, entonces, similares.

n. ¿Por qué desean las masas su propia subyugación? Al Cristo, al capitalismo, a la civilización. ¿Por qué desean las masas el fascismo? Y los clavos, y la cruz y la esponja empapada de vinagre.

Cristo Pantocrátor

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