Cuerpo teórico-crítico para llevar

Son complejos los marcos de análisis. Al principio los pedimos prestados. Después mezclamos y destilamos otros. Algunos son apenas un sistema de palos conectados, otros son andamios firmes hechos de aire.


A medida que leemos y escribimos, las herramientas se van multiplicando. Después, complejizando. Eventualmente, se imbrican, se pelean, se comen las unas a las otras. Están vivas, en definitiva. Envejecen contigo. Cambian contigo.


Recuerdo mis primeros años intentando sistematizar mi escritura. La estructura era, entonces, el único camino. Si cabía, luego venía el estilo. Las herramientas analíticas venían en tercer lugar, porque se aprendían como fuere, repitiendo lo que la bibliografía del curso dictara. Y bien digo dictar. Porque si bien el la función del profesor es abrir, la función de la institución es cerrar. Y las instituciones siempre ganan.


El cuerpo teórico-crítico es cuerpo. Y por eso, también se pudre. Vuela por los aires en tiempos de guerra.


Con los años, uno termina por entender que ciertas tareas existen ciertos marcos de análisis. Hay libros, luego eventos y finalmente tendencias, que nos son incomprensibles si no manejamos ciertas herramientas. Después, solo si dinamizamos dichas herramientas aquello que leemos se vuelve más opaco. La única manera de llegar a la meta de la lectura (entender menos), es leer y seguir leyendo.


Recuerdo cuando leí por primera vez Tratado contra el método de Paul Feyerabend. Me causó irritación. ¿Cómo era posible que lo fijo no lo fuera realmente? ¿Cómo que lo accesible mediante el aparato cognoscitivo está sujeto a sospecha? Marx, Freud, Nietzsche después. Luego vino Bataille. Luego Deleuze y sobretodo Guattari.


Los maestros solo desarman, abren. Las respuestas jamás pudieron satisfacer mi pragmatismo; nada puede ser lo que es, sería demasiado sencillo.
Institucionalmente, las modas académicas ofrecen grandes falos de interpretación, en un simulacro de pensamiento y reflexión. Propongo disgregar los troncos de sentido y abrir todo lo posible. No es práctico, pero pensar no debe serlo.


Contra el progreso está la profundidad y el ocio. Podríamos vivir mil años en el segundo en el que leemos las líneas más densas de Marx. El deseo produce fuera del modo de producción, a contrapelo y produce algo (pensamiento, quizá). Los aparatajes entran en crisis mientras uno más sabe. Entonces la intelectualidad parece impostada. ¿Quién estaría satisfecho con su andamio, cuando hay herramientas ni siquiera concebidas?

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